Xavier era un niño de 3 años, hacía las cosas que hacen los niños de 3 años: no siempre quería comer, siempre quería jugar, no se dormía cuando mamá quería o necesitaba que lo hiciera, se despertaba tempranísimo o incluso varias veces en la noche. Cuando nació su hermana a Xavier le costaba acostumbrarse a ser el hermano mayor, después de todo hasta ese momento había sido el único niño en casa.
Quizá le costaba entender por qué de repente ahora había una nueva persona en casa que tenía sus mismos derechos, le parecía injusto, le dolía, mamá le había dicho que siempre lo amaría, pero ahora amaba a alguien más; que difícil es, para un niño de 3 años, entender que el corazón de mamá puede amar a más de un hijo. Su mundo se caía ¡esto no podía estar pasándole! “Tendré que arreglarlo yo mismo”, pensó Xavier, y en vista de que ya agotó todas las peticiones de devolver a la hermanita, entonces al menos se encargaría de que de alguna manera él vuelva a ser tenido en cuenta y ya no sentirse invisible.
Y entonces Xavier, abatido por la horrible sensación de miedo a perder que producen los celos, empezó a hacer ruido cuando la pequeña intrusa dormía, a pegarle, a veces disimuladamente, a veces sin reparos, empezó también a darse cuenta de que mamá y papá pasaban largos ratos cargando, abrazando, haciendo mimos a la bebé… sentía que para él ya no había nada de eso, se sentía profundamente solo.
Su instinto más primitivo lo impulsó a pensar que de cualquier modo conseguiría algo de atención de sus padres ¡la necesitaba tanto!, empezó entonces a ser un niño agresivo, ya no sólo con la hermana, sino con todo niño que se cruce en su camino, empezó a no respetar casi ninguna de las reglas de casa, empezó a dañar objetos propios y ajenos, empezó a tirarlo todo, a hacer “fechorías”, empezó a “necesitar” gritos muchos gritos para hacer lo que sus padres pedían, empezó a “necesitar” incluso nalgadas y manotazos porque no había otra manera de que entrara en razón, empezó a volverse insoportable para sus propios padres y para toda la familia.
¡Pobre Xavier! Su plan no resultó como quería, si antes no se sentía amado, ahora en verdad sabe que es un problema y siente con claridad el rechazo de sus padres ¡pobre pequeño corazón! Al menos ha conseguido un poco de atención eso sí, cada vez que rompe una regla mamá viene y aunque sea por ese momento se dirige a él en exclusiva ¡algo es algo! Aunque duela…
Pobre Xavier que ha caído en un círculo vicioso, necesitó empezar a comportarse así porque no se sentía amado y es que a cualquiera de nosotros la falta de amor nos pone fatal, peor a un niño, y la verdad es que cuando nos sentimos mal no somos capaces de portarnos muy bien que digamos. ¿Y ahora Xavier? Si antes no te sentías amado y empezaste a “portarte mal”, ahora luego de los gritos, sermones, amenazas, castigos, premios, chantajes, golpes, seguro te sentirás menos amado todavía, te sentirás peor y, no cabe duda, te portarás peor. Llegados a este punto no faltará quien diga a mamá y a papá que falta “un poquito” de mano dura, que faltan reglas, normas, límites, castigos…. Y ellos en su desesperación por recuperar a Xavier, endurecerán todavía más la vida de su amado hijo.
¿Acaso no hay alguien que ayude a sus padres a ver que el origen del mal comportamiento fue la falta de amor y no la falta de castigos? “¡Pero si lo amamos con el alma!” dicen sus padres, eso nadie lo duda, pero parece que Xavier no se ha enterado. Después de todo para un niño de 3 años no es fácil comprender que a mí también me aman, cuando hay una bebé a la que siempre toman en brazos, a la que vienen a visitar y traen regalos, una bebé que desvela a mamá y que la tiene sin energía para mí, una bebé por la que ya no puedo hacer ruido, una bebé que me ha quitado todo lo que yo tenía y ¡son mis propios padres quienes la han traído! Es muy posible que en este escenario un niño de 3 años, no pueda ver el amor que sienten por él, es muy posible que no se sienta amado, ni mirado, ni tenido en cuenta, ni nada.
Un día la madre de Xavier se vio desesperada, vio que nada de lo que había hecho hasta entonces había ayudado a mejorar la relación con Xavier: puso un cuadro para llenarlo con caritas felices cuando Xavier se “porte bien” pero pronto perdió su efecto, impuso una política muy firme de castigos, pero tampoco, lo amenazaba firmemente y nada, en ocasiones perdía totalmente la cabeza y lo pegaba, parecía que el niño se calmaba, pero al rato volvía con más fuerza ¡pobre mamá! Que agotada estaba, que rendida se sentía ¿en qué momento la situación se le fue de las manos? Ese día mamá reaccionó, fue como si de repente alguien le echara un baldazo de agua helada y despertó “No quiero seguir así” –se dijo para sí misma- “tiene que haber otra manera de hacerlo”, se deshizo en llanto, amaba profundamente a Xavier y en un instante pudo ver lo mucho que su pequeño y amado hijo estaba sufriendo.
Por fortuna para todos, mamá descubrió que lo que a Xavier le faltaba no eran más normas sino más amor, papá la apoyó, empezaron a ver que había necesidades de Xavier que ellos simplemente ignoraban, se dieron cuenta de que Xavier lo que estaba pidiendo a gritos era mirada, tiempo, juego, empatía, amor.
Y entonces mamá pudo ver que su “hijo grande” no era tan grande, que aún era un niño que la necesitaba tan intensamente como su bebita, y empezó a dedicarle tiempo en exclusiva, empezó a leer, leyó mucho, buscó otras mujeres en su mismo camino y fue aprendiendo poquito a poco cómo educar a su hijo sin lastimarlo, cómo enseñarle las normas importantes, cómo explicarle, pero sobre todo aprendió que ella y papá tenían el poder de hacer sentir a Xavier que es un niño profunda e incondicionalmente amado.
Vieron entonces que cuando su hijo se sintió amado, se sintió en plenitud y el buen comportamiento era apenas una consecuencia de aquello.
Desde entonces Xavier, la hermanita, papá y mamá, son cada vez más capaces de regalarse mutuamente momentos felices, de divertirse y educarse en familia. Xavier ya no “necesita” castigos, sabe muy bien ser amable, respetuoso y colaborador, aprende con el ejemplo de sus padres.
¿Y qué pasó con la hermanita? Bueno, hoy él tiene 12 años y ella 8 ¡se llevan divinamente! ¡transcurren una infancia deliciosa! Saben que no hace falta competir por el amor de mamá o de papá… y por supuesto son unos niños respetuosos y educados en el amor.
¡Y colorín colorado, este cuento recién ha comenzado!
Esta historia no es ficticia, es tan real como mi vida misma y la he visto repetirse en la vida de varias madres y padres a quienes tengo la suerte de acompañar en su camino y espero que al leerla algo se haya movido en ti y te muestre una luz de solución.
El sábado 24 de julio estaré compartiendo en directo contigo el taller: “Educar sin Herir”
Te contaré sobre cómo ayudar a tus hijos a sentirse mejor y en consecuencia a portarse mejor.
Hablaremos sobre la función que cumple el castigo y los efectos que causa en los niños y adolescentes a corto y largo plazo.
Haremos varios ejercicios prácticos con los que aprenderás herramientas para educarlos y resolver los conflictos sin herirlos.
Aprenderás la forma en que se conserva tu autoridad materna/paterna a la vez que educas y orientas.
La clase esta 100% grabada y completamente disponible en la plataforma de estudio.
Te entregaré un pdf con recordatorios imprimibles para que los tengas a mano y los lleves a la práctica en tu día a día.

