Tengo un nuevo cumpleaños, mi cumpleaños de mamá, pero no del día en que comencé a ser madre, sino del día en que tomé conciencia de lo inmensa que puedo llegar a ser en mi rol de madre.
Fue un 21 de octubre, fue en la noche, cuando reconocí que no me gustaba “educar” a mis hijos, cuando empecé a ver que el hecho de que mis hijos sean niños obedientes era algo que me hacía feliz a mí pero no a ellos, ahí fue cuando empezó a aparecer luz en un sendero que hasta entonces había sido difícil y lleno de normas.
En la educación de mis hijos yo había sumado mis opiniones a las del mayoritario colectivo de madres y padres: “tienen que ser niños obedientes” “tienen que comer en cantidad suficiente” “tienen que ser buenos estudiantes” “tienen que compartir”… y una larguísima lista de “tienen que”.
Además me había convencido de que la escuela es una deidad, la escuela se volvía tan pero tan importante que en realidad importaba más que el mismo niño “tiene que comer solo porque cuando vaya a la escuela nadie le dará de comer” “tiene que obedecer porque en la escuela hay normas que cumplir” “tiene que compartir porque en la escuela hay 30 niños mas en el aula” “tiene que asearse sólo en el baño porque en la escuela nadie le ayudará”…. Es decir la mirada no estaba en el niño como el niño que es, ni en sus necesidades y ritmos propios, sino en que ese niño esté a la “altura” de la escuela…. Y también a la altura de lo que opinen los abuelos, los tíos, los amigos, la vecina, la señora de la frutas y la de las verduras. El niño tiene que ser un “niño bien”. ¡Que fastidio!
Sobre todo que fastidio para el pobre niño que tiene que encargarse de andar haciendo quedar bien a sus padres y tener que olvidarse de como queda para sí mismo y como va quedando para siempre dentro de sí.
Yo, al igual que muchos, andaba muy empeñada en “formarlos bien” (como si viniesen deformados o algo así), en educarlos correctamente, y muy a mi pesar los regañaba constantemente, los premiaba con pegatinas felices o los mandaba a la “silla de pensar”. Luego me encontraba con una enorme frustración al ver que nada de esto funcionaba como los “expertos” decían que debe funcionar y eso me abrumaba, a veces me hundía en pensamientos como “que mal lo hago, en verdad no sirvo para madre”, otras veces me iba por la orilla de decir “¿a estos niños que les pasa? Esto funciona maravillosamente con todos los niños menos con los míos” “es que los míos son la excepción de la regla, son el colmo, deberé ser mas rigurosa”. Sin importar a que pensamiento yo daba permiso de adueñarse de mí, el resultado era el mismo: mis estrategias duraban lo que dura el temor al castigo o la ilusión del premio; después de eso volvíamos a lo mismo y yo cada vez me preocupaba mas, sufría mas y me enojaba mas. Y mis hijos se asustaban mas y se desconcertaban mas.
Siempre recordaré las palabras mágicas de mi hijo aquella noche: “pareces una bravísima”. En su bondad y en su amor incondicional para mí, ni siquiera me dijo “eres una bravísima”, nomás me dijo “pareces”. Mi pequeñito sabía que su madre lo amaba con la vida misma y que realmente no era esa bravísima a la que habían entrenado para “educar bien” a sus hijos, nomás parecía, no era. Siempre estaré agradecida con mis hijos por su sabiduría y por la manera en que me transforman.
Al día siguiente comencé a tratar de llevar a mi vida lo que la noche anterior llena de lágrimas empecé a leer. Era una revelación total, no podía creerlo, estas cosas nuevas tan nuevas para mi estilo de crianza eran sorprendentemente obvias y, al mismo tiempo, sorprendentemente desconocidas para mí.
Lo encontré bajo diferentes denominaciones, por ahora me gusta llamarla Crianza Consciente, porque considero que tienes que alcanzar cierto grado de consciencia para poder vivirla a plenitud y con constancia.
Ha sido y es todo un proceso reconocer a mis hijos como seres humanos con igual dignidad e iguales derechos que todas las personas sin importar su edad. Resulta curioso, porque cuando dices esto en una reunión de amigos todos responden de inmediato: “sí, sí, claro que sí, pero por supuesto” y lo dicen convencidos, y acto seguido voltean y sin mucha delicadeza dicen a su hijo de 5 años “Pepito cállate no interrumpas, vete a jugar a otra parte”, por decir lo menos. ¿Dónde está aquí la igualdad en el trato real y cotidiano a los niños? – “Es que tienen que aprender a respetar las conversaciones de los adultos” – justifican; yo pregunto ¿y porqué? y ¿para qué?; ¿acaso los adultos respetamos a rajatabla las conversaciones de los demás? ¿acaso no nos sucede que cuando algo nos urge irrumpimos en la habitación o en la oficina de lado y súbitamente interrumpimos para pedir aquello que en ese momento es de suma importancia? ¿acaso a veces no necesitamos interrumpir a nuestra pareja o amigos para hacer una aclaración? ¿acaso a veces no interrumpimos porque acabamos de astillarnos el dedo y precisamos ayuda inmediata? ¿acaso hasta el mesero no precisa interrumpirnos para tomar la orden?… ¿Cuál es entonces el fastidio que tenemos con los niños cuando necesitan urgentemente contar a todos que el otro día saltaron como sapitos en el parque?
Cuándo los padres y las madres reprenden, castigan, gritan, quitan beneficios o quitan la palabra a sus hijos, suelen decir que es “por amor”. Sí, yo también lo decía y lo sentía, claro que era por amor. Hoy me pregunto ¿por amor a quien?, hoy sé la respuesta: “por amor a mí misma”, por amor a mi comodidad. Es mas fácil PARA MI mandarlos a estarse quietos y a dejar de pelearse so pena de castigo, que reconocer que necesitan atención de mamá y dejar de hacer MIS COSAS para dedicarme a jugar con ellos, a hornear galletas o a llevarlos al parque. Es mas fácil obligar a ponerse la ropa que considero adecuada, que dejarlos elegir y “pasar la vergüenza” de que vayan con la misma ropa de siempre, terriblemente combinados o con la camisa que ya tiene agujeros.
Es mas fácil exigirles buenas calificaciones y obligarlos a adaptarse al sistema, que atreverse a cuestionar el sistema y esforzarse por encontrar otros caminos de aprendizaje. Es mas fácil presionarlos hasta que se queden quietos en su silla, que aceptar que quizá necesitan movimiento para aprender mejor. Es mas fácil obligarlo a ser lo que yo quiero que sea, que dejarlo ser quien es.
En general los padres vivimos bastante equivocados, creemos que nuestros hijos están “mejor educados” y tendrán un “mejor futuro” cuanto más se parezcan a lo que nosotros queremos que sean. Y olvidamos que ellos han venido a ser “ellos”, que no necesitan que les hagamos su vida, ni que les enseñemos a decidir ni a pensar, ni siquiera que les mostremos el camino. Nuestros hijos han nacido con bastante poder y firmeza de decisión y saben perfectamente el camino que quieren recorrer, lo que necesitan es que no les nublemos la vista, que no nos pasemos el día diciéndoles qué hacer porque luego les costará encontrar que QUIEREN hacer.
Lo que necesitan es poder ser ellos mismos y no que los metamos en el molde que nosotros hemos fabricado, lo que necesitan es que seamos acompañantes de su camino y no sus arquitectos, lo que necesitan es poder SER QUIENES SON y no quienes nosotros queremos que sean.
A quien es lo que quiere ser, le espera el más lindo y prometedor futuro.
Este 21 de octubre cumplo un año más, un feliz año más del día en el que empecé a crecer más que en toda mi vida. Un año más de haber comenzado a aprender a respetarlos auténticamente, a entender que ellos (igual que yo) no siempre quieren comerse todo lo del plato, que no siempre quieren hacer la tarea en este minuto pero que pueden hacerla 20 o 30 minutos después, a entender que no pasa nada si en todas las reuniones familiares los ven con su misma camiseta favorita, a entender que cuando me interrumpen es porque aquel bicho que ha quedado atrapado en la telaraña realmente requiere ayuda urgente y que para ellos es sumamente importante, he aprendido que cuando mis hijos se ponen “insoportables” es una señal clarísima de que se les ha terminado el “combustible mamá” y necesitan de mi tiempo y atención, he aprendido a detectar la angustia que sufren mis hijos cuando montan un “berrinche” y a consolarlos y acompañarlos tal como lo haría si fuese mi madre o mi mejor amiga quien estuviese llorando de esa manera, he aprendido que cuando yo lloro desconsoladamente lo último que necesito es que alguien venga a recordarme lo torpe que soy o que me encierren para que me “calme”, los mismo les pasa a mis hijos; he aprendido que mi público más importante son mis hijos, no mis vecinos, las maestras, el pediatra o mis amigos, la única opinión que me importa de mi desempeño como madre es la de mis hijos.
En todos estos años he podido ver que al tratarlos con respeto, con consideración, con empatía, aceptando sus gustos, intereses y necesidades; mis hijos no se han convertido en niños “malcriados” (que por cierto no existen) ¡NO! mis hijos son niños respetuosos porque son respetados, son empáticos y solidarios porque eso viven, son seres humanos maravillosos y ya quiero ver los espléndidos adultos que serán un día. Alguien podría decirme “¡pero siguen trepados en la mesa!” ¡Claro que sí! afortunadamente siguen siendo niños y hacen lo que hacen los niños!!!
En estos años he visto la grandeza de mis hijos. He visto el potencial de mi grandeza. Siempre recordaré el 21 de octubre, para mí es un nuevo cumpleaños, mi cumpleaños de mamá consciente ♥♥

